miércoles, 30 de abril de 2008

La historia de otro... (IV)

Se encontraban allí sentados con la mirada perdida, en silencio. Aunque estaban juntos parecía que cada uno se encontrase en su propia realidad, ambas paralelas, emplazadas en el mismo espacio y tiempo, pero sin llegar a rozarse la una con la otra en ningún caso.

En un momento dado, el mayor de ellos miró al otro sin que él lo percibiera. Aquel muchacho tenía algo especial. Se podía notar en su mirada el brillo audaz del que era diametralmente opuesto al resto de personas, pero parecía que a él ni siquiera le interesara llegar a descubrirlo. La extraña apatía del que tiene una virtud que jamás ha deseado, que nunca ha pedido:

- ¿Qué sabes del destino?

El joven se sorprendió. No esperaba que él le hablase, y mucho menos una pregunta como esa.

- Supongo que lo que todo el mundo.- contestó indeciso - Que una fuerza superior controla el devenir de los acontecimientos y predetermina lo que va a ocurrirnos.

El hombre de pelo cano se le quedó mirando con un deje de reprobación que no duró demasiado. Al fin y al cabo, se suponía que él era el encargado de enseñarle este tipo de cosas.

- Dimitri, amigo mío, recuerda esto siempre... Nuestro futuro está por escribir.

martes, 29 de abril de 2008

El Beso...


La oscuridad que habitaba en aquel lugar le permitía ver poco más que el brillo de los ojos más bonitos que le habían mirado nunca. Fue lo último que contempló antes de cerrar los suyos y besarla.

Aunque lo había hecho en incontadas ocasiones a lo largo de su vida, aquella vez se apoderó de él una sensación renovada que le hacía sentir como si fuera la primera. Por un instante el mundo dejó de girar más allá de ellos dos.

Pudo notar su respiración agitada cuando acercó la boca a sus labios e intuyó que ella podía notar la suya. En aquel momento ambos estaban poseidos por el fantasma de una excitación que era capaz de nublarles el juicio.

Con las manos deslizándose por esa piel tersa, fina, suave, espalda arriba, unió sus labios a los de ella en una desesperada bocanada que le permitiera respirarla. Llenarse él, su boca, sus pulmones de del aliento del ángel que le guardaba aquella noche.

Unos dedos esbeltos y frágiles acariciaron su nuca para terminar abrazando su cuello, una precaución inútil, puesto que lo único que no pensaba hacer era alejarse, ni tan sólo un milímetro, del deseo que ella le provocaba.

Sus lenguas se entrelazaban de manera caótica dentro de sus bocas. Les resultaba imposible separarse el uno del otro, como unidos por una energía magnética que alborotaba hasta la última de sus partículas haciendo que la temperatura de aquel rincón aumentase a cada segundo.

Cuando al fin se separaron lo justo para respirar, a una distancia que les permitía seguir notando sus exhalaciones entrecortadas, volvió a abrir los ojos. Sus miradas se cruzaron tan de cerca que pudo verse reflejado en sus pupilas y, entonces, volvió a besarla...

jueves, 24 de abril de 2008

La historia de otro... (III)


La noche era sin duda la más clara en lo que había transcurrido de año, lo que hacía que el brillo de las estrellas iluminase casi por completo aquel claro del bosque. Aún no lo sabía, pero muchas veces a lo largo de su vida volvería a buscar condiciones similares para poder pensar. Ni un solo atisbo de ruido y los destellos de un cielo que iluminaban el camino de sus ideas y pensamientos, un silencio sepulcral que sólo fue roto en aquella ocasión por una voz que sonó a su espalda:

- ¿Qué te ocurre Dimitri?, te noto triste…

El más joven de los dos salió del enfrascamiento cercano al trance en el que se encontraba. Parecía un poco desorientado, como si aún sabiendo que su acompañante se encontraba detrás suyo, jamás hubiera esperado que este despegase sus labios para hablarle. Ni se giró hacia su interlocutor, sin apartar la vista de las estrellas contestó a la pregunta:

- Es el cielo, Jano…

- No te entiendo.

- Cuando miro a las estrellas pienso en el universo. Es increíble. Todo gira en él de manera aparentemente desordenada. Cada una de esas luces se encuentra a una distancia que sería imposible de recorrer para cualquiera de nosotros. Me hace sentir insignificante, y eso me entristece.

El hombre más entrado en años pareció sopesar por un instante la reflexión del joven. No parecía una idea carente de sentido pero, mirándole desde detrás suya, contemplando a su vez las estrellas sobre el firmamento y torció el gesto con un leve resquicio de benévola resignación antes de volver a abrir la boca:

- Dimitri, eso es precisamente lo mejor de todo…

Ahora sí, el joven se giró hacia su interlocutor con una cara que denotaba una mezcla de desdeñosa incredulidad e irrefrenable curiosidad:

- Ahora soy yo el que no te entiende.

- Quiero decir que ese sentimiento de insignificancia debería reconfortarte, el saber que el día que desaparezcamos, pase lo que pase, el mundo seguirá girando sin nosotros…

lunes, 21 de abril de 2008

Libanophrenia


Aquel estruendo ensordecedor le asustó tanto que la taza que sostenía se precipitó hacia el suelo, estallando tras el impacto. El té comenzó a deslizarse sobre las baldosas. Las sirenas habían sonado, y durante un instante pareció que el mundo se hubiera callado. Y después, la marabunta.

El caos se apoderó de las calles y un ritmo desenfrenado inundó el ambiente volviendo al mundo loco. Sin siquiera echar la vista atrás atravesó la puerta de casa su casa, abandonándolo todo.

Corrió como un galgo, calle abajo. Su respiración entrecortada sólo fue el prefacio de la sensación de que los pulmones le ardían. Miles de pequeñas agujas metálicas incandescentes le perforaban el pecho produciendole una intermitente sensación de asfixia que duraba tan sólo el instante que tardaba en tragar una bocanada de aire, que tampoco le aliviaba durante mucho más.

Notaba las venas y arterias debajo de su piel, presionándola hacia afuerta. La cabeza empezó a dolerle palpitándole como si fuera a estallarle, pero en ese momento y para su sorpresa, una mundana trivialidad cruzíó su mente acallando el griterió que lo emborronaba todo. Deseaba no ser fumador. Esbiozó una leve sonrisa que tardó muy poco en desaparecer de su cara.

Un silbido agudo y nítido que provenía del cieló le heló la sangre y el sudor que el frenesí de la huída le habia provocado, se tornó gélido. Los bombardeos habían comenzado.

Al poco, las primeras explosiones inundaron el paisaje sonoro. Aquellos estallidos le desorientaba, y lo peor de todo eran el pitido constante que no le permitía concentrarse. Ya no sabía muy bien hacia donde tenía que correr. Pero en ese momento de indecisión, una mujer que tambíen huída de manera aparentemente caótica le agarró del brazo, apartándole con tanta fuerza, que ambos cayeron al suelo.

La fachada del eficio que se encontraba sobre la acera en la que estaba se desplomó, estando a centímetros de atraparles bajo los escombros. Se miraron a los ojos, y sin siquiera tener tiempo de agradecérselo, ambos supieron que debían ponerse en pie inmediatamente y seguir corriendo.

Las explosiones provocaron a una reacción en cadena. El aire prendido en fuego hizo estallar algunos vehículos. Las ondas expansivas y llamaradas hicieron a su vez, que varios edificios se desplomasen. Un pandemonio de caos "in crescendo".

A duras penas y con el corazón martilleando al borde del infarto, llegó al refugio. Cuandó entró se fundió en abrazos con la gente que se encontraba dentro. Algunos acababan de ver morir a sus familiares, y se consolaban unos a otros como podían. Y donde se encontraban los improvisados sanitarios algo le paralizó. La mujer que le salvó fuera, tirada en el suelo, inerte. Cuando la trajeron ya era tarde. Nada pudieron hacer por ella.




Pic: Nabila - Líbano Dic. 2006 (meses después de los ataques de Israel)

viernes, 18 de abril de 2008

global warNing


Si el mundo fuese capaz de toser, vomitaría sobre nosotros aguaceros de sangre y trozos de sus decrépitos pulmones en forma de granizo. La tormenta final, el acabose...

El ambiente irrespirable no le rodea, le posee. Está en su interior pudriendo su fuerza vital. Su alma planetaria. La naturaleza que nos sustenta y mata, a partes iguales.

La combustión le está prendiendo por dentro. Nota cómo arde su interior, cómo va muriendo poco a poco. Percibe los cambios que sufre. Es capaz de ver las manchas grisáceas que comienzan a cubrirle. Las erupciones irritan su corteza y su atmósfera se hace irrespirable, asfixiándole a él... y a nosotros.

Sufre la misma enfermedad que nosotros nos asusta hasta el extremo. Una masa tumoral de más de seis mil millones de células. Un cáncer cuya metástasis se extiende por todo el territorio habitable. Destruye las selvas, vuelve árida la tierra fértil, corrompe las aguas y el aire...

Drenamos su sangre, tan putrefacta ya, que es negra y espesa. La quemamos en un ritual energético que produce un humo tan denso que hace llorar nuestros ojos, que infecta las heridas que nosotros mismos causamos.

Los virus invaden un organismo, se extienden por él, colonizándolo. Dilapidan todos los recursos que puede ofrecerles y, cuando este roza la muerte, lo abandonan para buscar otro en el que desarrollarse...

Tengo claro que somos un virus, mi pregunta no es esa. La cuestión es: ¿A dónde iremos los humanos cuando el mundo muera?

jueves, 17 de abril de 2008

Un día más...


Encendió un cigarrillo. Como esperando que la pequeña llama que brotaba del mechero para prender la punta le calentase por entero. Sentado en aquella parada de autobús, con los dedos agarrotados, intentaba evadirse del frío pensando.

No era peor que cualquier otro día del invierno. Día, por decir algo, porque aún estaba lejos de hacer siquiera un leve ademán de amanecer. Como cada mañana esperaba allí, a oscuras, que las luces fluorescentes del 528 apareciesen justo al final de la calle, doblando la esquina, para llevarle a cumplir condena.

Ya ni siquiera se fijaba en lo que había a su alrededor, todo era mecánico, todo era lo mismo. Un algoritmo de comportamiento repetido hasta la saciedad, que resultaba invariable un día tras otro. Si no lo hacía con los ojos cerrados, era sólo para evitar dormirse.

Casi una hora después, ese sobrecogedor silencio se convertiría en el repetitivo martilleo de las máquinas de todas aquellas fábricas, de aquel parque industrial. Parque, sí, pero un parque gris. Como el humo que de él brotaba hacia el cielo, asfixiando su ánimo...

lunes, 14 de abril de 2008

La historia de otro... (II)


Los ojos de aquel anciano mostraban una mirada cansada. Quizá de ver la miseria y desesperación que envolvían cada milímetro de aquella ciudad como una atmósfera irrespirable de grisú. El mismo que, cada vez en más ocasiones, separaba para siempre a los mineros de sus familias. La última de las nobles razas de aquel desangelado lugar, ya en peligro de extinción.

Recorriendo la habitación con la vista, terminó por posarla sobre el crío que se encontraba sobre la alfombra, aparentemente despreocupado, jugando al lado del brasero de leña que caldeaba el gélido aire de un invierno implacable y cruel. Deseaba que el pequeño nunca olvidase la historia del pueblo y la famlia a los que pertenecía, pero anhelaba con mucha más fuerza que nunca tuviera que formar parte de ella:

- Pequeño Dimitri, ¿qué quieres ser cuando crezcas?

El muchacho ni siquiera tuvo que pensarlo, levantó la vista del juguete de madera que tenía entre las manos y con el que estaba ensimismado. El brillo de un chispazo en sus ojos acompañó su contestación:

- Escritor, quiero ser escritor.

- ¡Vaya! -- exclamó el anciano sorprendido -- y, dime, ¿por qué quieres serlo?

- Porque la imaginación es lo único que jamás podrán quitarme

El Deseo Irracional...


Hacía tiempo que los dos habían perdido el control. Sus cuerpos se fundían el uno con el otro en una especie de violenta coreografía a la que nadie había puesto música. Se besaban, no con cariño o ternura, sino como una necesidad vital que tenían que cubrir desesperadamente. Parecía que tan sólo en los labios del otro pudieran encontrar la bocanada de aire que les salvase de la asfixia.

Mirándose fijamente, el uno frente a la otra, caminaban como un solo cuerpo de manera torpe y descoordinada. Él, de frente, pero sin mirar más allá de sus ojos, y ella de espaldas, incapaz de percibir cualquier obstáculo que se encontrase entre los dos y la cama. Todo mientras se recorrían el uno al otro con sus manos y lenguas de manera obsesiva, más cercanos ya a la locura que al deseo.

Él dejó de acariciarla sólo el tiempo justo para hacer que la camiseta que la envolvía resbalase verticalmente desde su cintura, por sus costados hacia arriba hasta terminar desapareciendo, mezclándose con el suelo de la habitación, justo después de superar su cuello.

Entre los pasos y el ansia por sacarse las zapatillas, sus pies terminaron enredándose entre ellos, lo que hizo que cayeran sobre la cama de forma accidental tan sólo un segundo antes de que lo hicieran intencionadamente.

La temperatura de la habitación subía al mismo ritmo que las pulsaciones de sus ocupantes. No habían dejado de mirarse a los ojos desde el primer beso. Ambos aguantaban la mirada del otro, que decía mucho más de lo que hubiera podido expresarse con palabras. Además, ambos tenían cosas mejores que hacer con la boca que pararse a hablar.

Colocado sobre ella y agarrándole las manos contra la cama con las suyas, siguió besándola, hasta que empezó a escribir una historia con la punta de su lengua y la tinta de su saliva sobre el cuello de cisne de aquella Venus subida de tono. Cubrió la distancia que mediaba de su barbilla hasta su pecho, dejando un leve resto húmedo sobre el que después sopló con suavidad, haciéndola sentir un escalofrío en la nuca.

Tras el breve paréntesis en el que despegó la boca de su piel, volvió a besarla, esta vez en el vientre, y bajó por él con un reguero de besos y caricias que se derramaron hasta el ombligo, en el que se entretuvo jugueteando con su lengua un poco antes de seguir descendiendo para desabrochar con los dientes el botón de su pantalón...

jueves, 10 de abril de 2008

La historia de otro... (I)



Sentado sobre una de las escalinatas laterales miraba hacia el suelo enfrascado en pensamientos que sólo él conocía. La luz tenue de la aquella estancia favorecía el que pasase inadvertido entre el resto del mobiliario. Aquel pequeño teatro, perdido en un callejón tan céntrico como escondido, le hacía pensar y esbozar una media sonrisa.

Al fin y al cabo, se parecían mucho más de lo que podría pensarse. Al menos a él le daba esa impresión. Ambos se encontraban semiocultos entre la vorágine de la ciudad, que a menudo los engullía haciéndolos pasar desapercibidos. Aparentemente saneados por fuera, en su interior se encontraban cercanos al derribo, decrépìtos. Pero tenían algo especial...

En ese momento una voz al fondo de la sala se encargó de disipar sus pensamientos como una ráfaga de viento disuelve el humo denso de un cigarro en la atmósfera:

- Así que aquí es donde habías venido a esconderte, te estaba buscando. Creo que ha sido un éxito, tenemos posibilidades...

Él levantó la vista del suelo con gesto de no haber escuchado siquiera lo que acababan de decirle, con la mente aún anclada en el fondo de su océano de reflexiones:

- Estoy cansado - contestó -

- ¿De qué?

- De toda esta mierda, de vivir inventando historias...

- No seas estúpido. Lo que cuentas emociona a la gente. Cada vida que narras tiene la capacidad de alegrarles y entristecerles, de ponerles en tensión, de mantenerles expectantes, concentrados tan sólo en la siguiente frase, en la siguiente línea.

- Ese es el problema. No se si tengo ganas de seguir contando la historia de otro...

- Dimitri, amigo mío, en ese caso quizá haya llegado el momento de contar tu historia.