
Dimitri.
Decir que no se había fijado en aquella mujer hubiera sido, además de una flagrante mentira, un insulto a la inteligencia de cualquiera. La verdad es que llevaba tiempo sin poder parar de observarla mientras ella siquiera se daba cuenta.
Aquel despacho era tan rancio, viejo y apolillado como todos los despachos que albergaban personas semejantes. Había podido leer “Director” en una placa dorada rotulada colocada sobre una puerta de nogal envejecido, al dirigirse hacia ella y agarrarla por el pomo para abrirla.
Notó que había despertado cuando comenzó a percibir un olor familiar y desagradable. Incluso antes de abrir los ojos sabía que se trataba de un hospital. Ese hedor a enfermedad, a esterilización baldía, inundaba sus pulmones con cada torpe bocanada de aire.
Podía notar el tacto acolchado de la cama sobre la que se encontraba postrado y no percibió nada a su alrededor, salvo silencio. No abrió los ojos, intentaba recordar qué era lo que le había llevado hasta allí, pero todo era muy confuso.
Un instante después, unas pisadas que resonaban cada vez más cerca, acompañadas del sonido de las bisagras mal engrasadas de una puerta, hicieron que despegase los párpados. Al principio le costó enfocar, y sintió una molestia aguda en los ojos al contacto con la luz… Debía llevar bastante tiempo allí.
Su percepción no había errado en nada. Efectivamente se encontraba tumbado en la cama de un hospital, rodeado de máquinas y aparatejos que aparentemente habían estado cuidando de su vida más que él. Delante de él encontró al dueño de las pisadas que le habían hecho abrir los ojos, el uniforme le ayudó a lo identificarlo rápidamente como uno de los médicos:
- Tiene suerte de seguir con vida – le espetó el galeno con un mal humor que se encargó de remarcar –
- ¿Está seguro? Le veo muy convencido de que eso sea una suerte.
- Ha sufrido un infarto, - dijo en tono preocupado y solemne- la mayoría no supera una situación así.
- Comprendo…
- Y decir que el nivel de narcóticos en su sangre es preocupante resultaría un eufemismo.
Por un momento dejó de mirar al médico desde que este entró en la estancia y él abriera los ojos. Por fin comenzaba a recordar qué le había llevado hasta allí. Con aparente desdén, y sin volver a mirarle, totalmente ausente, enfrascado en los sentimientos que comenzaban a volver a hervir en su interior, contestó:
- Estoy buscando una droga que me anestesie el alma…
El médico no apartó la vista de él. El enfado que mostró en un primer momento se tornó en una comprensión abatida al observar la reacción de su paciente. Como si de alguna manera pudiera llegar a comprender sus motivaciones:
- En ese caso se equivoca con los estimulantes amigo… Quizá debería probar con los opiáceos…

Un estrepitoso golpe le sacó del agradable sueño en el que estaba sumido. Sin tiempo para reaccionar, un millón de pisadas iracundas subieron las escaleras sin miramientos plantándose frente a su cama y entonces lo comprendió todo, el gran día había llegado.
Unos sonidos secos y atronadores asustaron a sus pensamientos haciéndolos escapar y le devolvieron a la realidad. Se sorprendió de que las detonaciones aún consiguieran llamarle la atención. Allí siempre habían resonado más disparos que risas.
Sentado sobre el respaldo de un banco del paseo marítimo, fumando hierba, así es como comenzo a observar al mundo.
El chirrido de las aspas de aquella máquina de ventilación oxidada ya no le sacaba de quicio. Simplemente, se había convertido en una enervante sinfonía que acompañaba a cada uno de los ruidos que se producían fruto del trasiego de los obreros en la fábrica. Cada uno de ellos, a modo de desafinados instrumentos, sumaba un nuevo estímulo sonoro al paisaje semioscuro y grisáceo que conformaba aquella factoría industrial.
La luz se filtraba desde fuera por los huecos que las aspas dejaban al girar, perminitiendo que haces intermitentes golpeasen el suelo, apenas iluminándolo. Un tenue manojo de rayos de un sol tibio que le recordaba que fuera, tras los muros de aquella vieja fábrica, aguardaba el resto de un mundo que apenas conocía.
Sabía que estaba comenzando a oxidarse. Como el ventilador. Como todo dentro de esa factoría. El tiempo, inclemente con cosas y personas, hacía que el ambiente allí se cubriera de herrumbre paulatinamente, en un proceso del que ni siquiera los trabajadores más veteranos llegaban a recordar muy bien el comienzo. Cuando él entró por primera vez, todo se encontraba carcomido por el óxido ya. La diferencia era que ahora, era él el que estaba empezando a oxidarse.
Había pensado demasiadas veces en largarse, en dejar todo aquello sin saber muy bien hacia qué o hacia dónde encaminarse. En marcharse, casi sin despedirse, y sin sopesar siquiera la posibilidad de volver. Allí no había futuro para él, o al menos no el futuro que el quería. Lo cierto es que la posibilidad de volar hacia delante siempre le había asustado, pero al fin y al cabo, ¿qué tenía que perder?
- Joder, Dimitri – le gritó – esto es una fábrica de aceros. Si no estás atento, terminarás con los pies aplastados por alguna de las piezas. ¿Dónde coño tienes la cabeza?
El joven levantó la mirada, aún medio distraído entre sus pensamientos, cómo si la visión de su compañero de trabajo fuese una más de ideas que su cabeza entremezclaba:
- Estaba pensando en marcharme. – contestó –
- ¿En marcharte? Vamos, no digas estupideces, aún nos quedan más de tres horas de turno.
- No me has entendido, Lukas. No importa el tiempo que falte para que suene la sirena. Ya no. Estoy pensando en marcharme, en irme de verdad.
- ¿Ah sí? ¿Y qué piensa hacer el señorito con su vida? No seas estúpido Dimitri. Esto es lo mejor a lo que puedes aspirar.
- Sólo sé que no voy a seguir aquí ni un día más. Hoy voy a marcharme. Pienso escribir el comienzo de mi historia, como cualquier otra de las que he escrito.
- Piénsalo, ¿quien va a ayudar a un pobre diablo como tú? Sólo eres un polaco que no tiene nada más que su pluma. ¿De qué me hablas? Me estás hablando de comer poco y mal, de pasar los días con el frío aferrado a tus huesos, de dormir en la calle, de dificultades que terminarán destrozándote. Me estás hablando de una vida mucho peor que esta.
Su caminar errático no conduce a ninguna parte. Casi nunca anda con un destino concreto. Suele pasarle a quienes no tienen dónde ir. Se limita a vagar de un lado a otro, inmerso en pensamientos poco concretos e inconclusos, que le rodean como una bruma que no le permite ver el resto de las cosas. Como inmerso en otro mundo.
Nunca le había preocupado que el día amaneciera gris. Podía cambiarlo con sólo un parpadeo. Tan fácil como cerrar los ojos y notar el brillo del sol molestándole al volver a abrirlos.
A una velocidad vertiginosa aquel proyectil metálico trazó una trayectoria rectilínea que, muy a su pesar, cruzaba directamente por el sitio en el que se encontraba su cabeza. Después de eso todo fue uno, ni llego a sentir el dolor, ni siquiera que sus piernas dejaban de recibir impulsos desde el cerebro para mantenerlo en pie. Mucho menos notar como se desplomaba inerte en el suelo, regándolo con su sangre.
Le llamaban Don, por no llamarle cualquier otra cosa. Caminaba por las calles del pueblo ajeno a las miradas indiscretas que provocaba a su paso. Llamaba la atención, siempre vestido de forma estrambótica y actuando como si a su alrededor no hubiese nadie.
El coche se detuvo con un suave traqueteo en el lugar mas oscuro y oculto de aquel camino de tierra. Las luces de los faros habian dejado de iluminar hacía unos cientos de metros, y las de posicion se apagaron poco despues, sumiendo el paisaje en la oscuridad más profunda.

Mario oye el despertador. Mario se levanta, se levanta. Mario camina hacia el baño. Grifo, jabón, toalla. Mario se asea, sí, Mario se lava la cara y se ve en el espejo con mirada perdida.Se dirigió al fondo de la sala, hacia la silla que estaba reservada para él. Aunque ni se molestó en mirar a su alrededor, intuía perfectamente las miradas de desaprobación que se iban clavando en su espalda como puñaladas cuando rebasaba el punto en el que cada una de aquellas personas dejaba de poder mirarle de frente. No era bien recibido, y tampoco él se sentía cómodo entre aquellos individuos hostiles.
Aquel ambiente no le agobiaba. Sentía por casi todos los ocupantes de la habitación la misma lástima que ellos sentían por él. No eran más que meros ciegos incapaces de ver más allá de su exquisito entendimiento racional. El mismo que encorsetaba sus mentes de tal forma que los convertía en eruditos imbéciles.
Tomó asiento junto al resto, despojándose de las gafas de sol que le habían acompañado durante el trayecto. Miró hacia delante, donde se encontraba el mayor de todos ellos, un anciano con el pelo cano y, sin hacer caso de una señal que prohibía fumar, encendió un cigarrillo entre las miradas de desaprobación del resto.
- Nos encontramos aquí – dijo el anciano mirándole fijamente – para discernir sobre lo necesario de nuestra asistencia en lo sucesivo. Sólo hablamos de criterios de utilidad, Dimitri. Como comprenderás, hay personas que no entienden ni comparten las razones de tu presencia en este grupo.
- Tranquilo Jano, entiendo que vuestras encorsetadas y cuadriculadas mentes científicas os impidan comprender mis motivaciones y la importancia de lo que yo hago…
El semblante del anciano cambió por completo al escuchar la contestación. Su gesto se tensó marcando de manera exagerada las facciones de su mandíbula. Algunas venas se hincharon hasta dejar un relieve visible en su cuello y su frente, y los ojos se le inyectaron denotando la ira que en aquel momento le recorría por entero:
- Insolente – bramó fuera de sí – ¿Cómo te atreves a cuestionar nuestra obra? Los hombres que ahora mismo te rodean son médicos que salvan vidas, químicos que desarrollan vacunas, ingenieros que hacen avanzar la tecnología, arquitectos que diseñan los edificios en los que vives. Ellos hacen posible todo lo que tú conoces. ¿Y tú?, insignificante escritor ¿Cuál es tu utilidad en el mundo?
- Jano, viejo amigo – contestó con aparente desgana, sin siquiera mirarle – Yo construyo sueños…

Lo verdaderamente importante de recorrer un camino rara vez suele ser el sitio al que te lleve, puesto que en el momento en el que se alcanza el destino, el camino se marchita perdiendo la razón de su existencia.
Se encontraban allí sentados con la mirada perdida, en silencio. Aunque estaban juntos parecía que cada uno se encontrase en su propia realidad, ambas paralelas, emplazadas en el mismo espacio y tiempo, pero sin llegar a rozarse la una con la otra en ningún caso. - ¿Qué sabes del destino?
El joven se sorprendió. No esperaba que él le hablase, y mucho menos una pregunta como esa.
- Supongo que lo que todo el mundo.- contestó indeciso - Que una fuerza superior controla el devenir de los acontecimientos y predetermina lo que va a ocurrirnos.
El hombre de pelo cano se le quedó mirando con un deje de reprobación que no duró demasiado. Al fin y al cabo, se suponía que él era el encargado de enseñarle este tipo de cosas.
- Dimitri, amigo mío, recuerda esto siempre... Nuestro futuro está por escribir.


La noche era sin duda la más clara en lo que había transcurrido de año, lo que hacía que el brillo de las estrellas iluminase casi por completo aquel claro del bosque. Aún no lo sabía, pero muchas veces a lo largo de su vida volvería a buscar condiciones similares para poder pensar. Ni un solo atisbo de ruido y los destellos de un cielo que iluminaban el camino de sus ideas y pensamientos, un silencio sepulcral que sólo fue roto en aquella ocasión por una voz que sonó a su espalda:
- ¿Qué te ocurre Dimitri?, te noto triste…
El más joven de los dos salió del enfrascamiento cercano al trance en el que se encontraba. Parecía un poco desorientado, como si aún sabiendo que su acompañante se encontraba detrás suyo, jamás hubiera esperado que este despegase sus labios para hablarle. Ni se giró hacia su interlocutor, sin apartar la vista de las estrellas contestó a la pregunta:
- Es el cielo, Jano…
- No te entiendo.
- Cuando miro a las estrellas pienso en el universo. Es increíble. Todo gira en él de manera aparentemente desordenada. Cada una de esas luces se encuentra a una distancia que sería imposible de recorrer para cualquiera de nosotros. Me hace sentir insignificante, y eso me entristece.
El hombre más entrado en años pareció sopesar por un instante la reflexión del joven. No parecía una idea carente de sentido pero, mirándole desde detrás suya, contemplando a su vez las estrellas sobre el firmamento y torció el gesto con un leve resquicio de benévola resignación antes de volver a abrir la boca:
- Dimitri, eso es precisamente lo mejor de todo…
Ahora sí, el joven se giró hacia su interlocutor con una cara que denotaba una mezcla de desdeñosa incredulidad e irrefrenable curiosidad:
- Ahora soy yo el que no te entiende.
- Quiero decir que ese sentimiento de insignificancia debería reconfortarte, el saber que el día que desaparezcamos, pase lo que pase, el mundo seguirá girando sin nosotros…








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