martes, 23 de octubre de 2018


Yo noi terngo frases célebres, tengo flashes cérebres.

C. 10/2018. Sinapsis.

El día de mi entierro


Que voy a morir es un hecho, que últimamente prefiero que sea tarde, una petición expresa. Pero aunque tengo la halagüeña perspectiva de gozar de buena salud y de al menos los mismos años de vida que los que ya llevo malgastados, soy incapaz de no pensar de vez en cuando en La Huesuda, mirándola de soslayo, sabiendo que ella, como buen trabajador por cuenta propia, no coge vacacione nunca.

No me veréis como esos abuelos olvidados por sus hijos y nietos, que prefieren pasar hambre que dejar de pagar una cuota de "los muertos". Sabiendo que un buen funeral es lo último que les espera y que el lapso que falta hasta él sólo es una prórroga de lo inevitable, en la que nada ilusionante por hacer les queda.

Yo no quiero un funeral, no quiero un ataúd, ni una lápida de mármol a pagar a precio de hectárea de cantera de Carrara, para que 50 años después metan la caja en otro nicho. No quiero coronas de flores ni pésames impostados. Tranquilos, el día que pase, ya no me va a importar nada. Detestaría, eso sí, aunque de manera póstuma, que todos aquellos que me disteis la espalda o que acabasteis mal conmigo, vinierais al calor de un buen sepelio a decir lo buena persona que era. Todos sabemos que he sido un cabrón de buen corazón, pero un cabrón al fin y al cabo. Y ya que este país es sádico cuidando a sus vivos pero magnánimo enterrando a sus muertos, mejor no chuparnos las pollas demasiado.

Tampoco quiero crematorios y bucólicos esparcimientos de cenizas al aire en un acantilado frente al mar, entre los amigos y familiares más allegados. Me parece una tontería innecesaria. ¿Polvo somos y en polvo nos convertiremos? Puede que sí, pero ya tragué demasiado polvo sin quererlo y esnifé demasiado queriendo en mi vida como para que convertirme en cenizas me resulte pertinente en mi gran último acto.

El papel protagonista tardío que le llega al talento desperdiciado por el gusto la mayoría quiero interpretarlo a mi manera. Y mi manera es esta.

Quiero que aquellos que aún se consideren mis amigos, y para eso es condición sine qua non saber el peso y el tamaño que para mí tiene la palabra amigo, se reúnan para enterrarme desnudo, sin nada, como vine al mundo, en un campo de La Mancha, donde pueda crecer trigo que alimente. Y que mi único panegírico lo pronuncie mi albacea, leyendo despacio y con voz inquebrantable "El Hombre del Sur" de Roald Dahl. Para que miren mis manos, con algunos dedos a faltar, y comprendan cuánto les quise.

C. 10/2018. El día de mi entierro.