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martes, 10 de junio de 2008

La historia de otro... (VI)

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El chirrido de las aspas de aquella máquina de ventilación oxidada ya no le sacaba de quicio. Simplemente, se había convertido en una enervante sinfonía que acompañaba a cada uno de los ruidos que se producían fruto del trasiego de los obreros en la fábrica. Cada uno de ellos, a modo de desafinados instrumentos, sumaba un nuevo estímulo sonoro al paisaje semioscuro y grisáceo que conformaba aquella factoría industrial.

La luz se filtraba desde fuera por los huecos que las aspas dejaban al girar, perminitiendo que haces intermitentes golpeasen el suelo, apenas iluminándolo. Un tenue manojo de rayos de un sol tibio que le recordaba que fuera, tras los muros de aquella vieja fábrica, aguardaba el resto de un mundo que apenas conocía.

Sabía que estaba comenzando a oxidarse. Como el ventilador. Como todo dentro de esa factoría. El tiempo, inclemente con cosas y personas, hacía que el ambiente allí se cubriera de herrumbre paulatinamente, en un proceso del que ni siquiera los trabajadores más veteranos llegaban a recordar muy bien el comienzo. Cuando él entró por primera vez, todo se encontraba carcomido por el óxido ya. La diferencia era que ahora, era él el que estaba empezando a oxidarse.

Había pensado demasiadas veces en largarse, en dejar todo aquello sin saber muy bien hacia qué o hacia dónde encaminarse. En marcharse, casi sin despedirse, y sin sopesar siquiera la posibilidad de volver. Allí no había futuro para él, o al menos no el futuro que el quería. Lo cierto es que la posibilidad de volar hacia delante siempre le había asustado, pero al fin y al cabo, ¿qué tenía que perder?

Ensimismado y ausente entre esos pensamientos de huída parecía encontrarse a miles de kilómetros de allí. Como perdido en su propia cabeza, un abismo tan profundo que acallaba incluso los ruidos de la siderurgia en la que estaba comenzando a perder la vida. En ese instante, la voz de un compañero le sacó de su aparente trance:

- Joder, Dimitri – le gritó – esto es una fábrica de aceros. Si no estás atento, terminarás con los pies aplastados por alguna de las piezas. ¿Dónde coño tienes la cabeza?

El joven levantó la mirada, aún medio distraído entre sus pensamientos, cómo si la visión de su compañero de trabajo fuese una más de ideas que su cabeza entremezclaba:

- Estaba pensando en marcharme. – contestó –

- ¿En marcharte? Vamos, no digas estupideces, aún nos quedan más de tres horas de turno.

- No me has entendido, Lukas. No importa el tiempo que falte para que suene la sirena. Ya no. Estoy pensando en marcharme, en irme de verdad.

- ¿Ah sí? ¿Y qué piensa hacer el señorito con su vida? No seas estúpido Dimitri. Esto es lo mejor a lo que puedes aspirar.

- Sólo sé que no voy a seguir aquí ni un día más. Hoy voy a marcharme. Pienso escribir el comienzo de mi historia, como cualquier otra de las que he escrito.

- Piénsalo, ¿quien va a ayudar a un pobre diablo como tú? Sólo eres un polaco que no tiene nada más que su pluma. ¿De qué me hablas? Me estás hablando de comer poco y mal, de pasar los días con el frío aferrado a tus huesos, de dormir en la calle, de dificultades que terminarán destrozándote. Me estás hablando de una vida mucho peor que esta.

- No Lukas, te estoy hablando de libertad.





[Pic: Ventilador de fábrica oxidado - Bosnia 2008 - Laura Chacón. www.flickr.com/laurachacon Una vez más, gracias por ser mis ojos.]

jueves, 5 de junio de 2008

La Puta Calle

Su caminar errático no conduce a ninguna parte. Casi nunca anda con un destino concreto. Suele pasarle a quienes no tienen dónde ir. Se limita a vagar de un lado a otro, inmerso en pensamientos poco concretos e inconclusos, que le rodean como una bruma que no le permite ver el resto de las cosas. Como inmerso en otro mundo.

Tiene la mirada perdida en una realidad que ya apenas le resulta familiar. Conoce las calles por las que su vida discurre como la palma de su mano, pero no le parecen más reales que las de algún bodrio cinematográfico sobreactuado. Los pensamientos, difusos como el humo, se entremezclan con todo lo demás, manteniendo su cuerpo tan anclado a este mundo, como su mente al margen de él.

Es un repudiado, un paria, un desangelado. El residuo de un sistema que él mismo había compartido y ayudado a consolidar desde sus más profundas creencias, desde su educación. Miembro de un estado de bienestar, que dista años luz de estar remotamente bien.

En la calle no hay futuro. En la calle no existe el pasado. Las calles nos igualan a todos desde el momento en el que pasas a formar parte de ellas. Una especie de norma no escrita, tácita, invita a todos a olvidar su propia historia, y a no hacer preguntas sobre la de los demás. Nada importa salvo el presente, el futuro no puede calcularse más allá de la siguiente noche a la intemperie.

Hay quien no despierta, algunos mueren congelados, otros hambrientos. A otros les arranca la vida la droga o una paliza mal dada. El caso es que todos terminan muriendo. Y todos lo hacen solos, del mismo modo que han vivido.

Los días son infinitamente duros. Las noches, insoportables. Es en ellas, escondidos en cualquier lugar que les ampare, cuando los ruidos cesan, donde los fantasmas y demonios personales comienzan a devorarles en una soledad casi íntima, como un encuentro a solas del que nadie puede huir. Lo se porque lo he intentado.

Aunque han aprendido a vivir a mordiscos, sobreponiéndose a todo lo que a los demás nos parecería insalvable, aún conservan su humanidad. En la calle aún quedan ganas de ayudarse unos a otros. Aún queda quien comparte lo poco que tiene. Aún queda algún rastro de amor. Un tenue rayo de luz tibia que de vez en cuando ilumina sus oscuros callejones inundados de drama.

Un drama incompartido que tan sólo percibimos cuando, muy de vez en cuando, nos cruzamos con un fantasma empujando un destartalado carro lleno de retales de las vidas de otros que, como si de parches y remiendos se tratasen, consiguen arropar ligeramente la existencia de los que ya no tienen nada.



[Pic: La Puta Calle '08 - Laura Chacón - www.flickr.com/laurachacon - Dimitri quiere agradecer la inestimable ayuda de Laura Chacón, excelente fotógrafa y mejor persona, por ser los ojos de su corazón. Por poner la imagen exacta a los sentimientos que él expresa.]